jueves, 22 de enero de 2015

Un pedazo de mí



Su habitación estaba oscura, a excepción de la leve luz emitida por el dispositivo de pantalla táctil que sostenía entre sus manos. Sentada en la cama, con la espalda se encorvada, miraba el iPad hacia abajo. Su rostro era pálido e inexpresivo, dando la impresión de que su mente se hallaba vagando entre las estrellas de otro universo. Impresión que, por cierto, no estaba equivocada.

El único sonido que se escuchaba era el "tap, tap" provocado por sus dedos al escribir. La columna le dolía, y cada tanto, se estiraba logrando que el crujir de sus vértebras rompiera la quietud. Era joven, a pesar de en ocasiones sentirse viejísima. Muchas veces, cuando le preguntaban su edad y ella respondía que tenía dieciséis se sentía extraña. Era como si fuese una mentira. Como si hubiese existido siempre. Por alguna razón, sentía que su edad no era acorde a ella. Ninguna lo era.

En ese instante, ella estaba lejos.


La noche era un mundo muy distinto al día. Un mundo ausente, distante, reconfortante, y jamás familiar. Impredecible. Era como el agua. Ambivalente al igual que ella.

La muchacha de cabello ondulado y oscuro estaba perdida en sus pensamientos, expresando sus ideas a través de las letras. Por alguna razón, narraba en tercera persona. Le agradaba más de esa forma. Creía que era el estilo que mejor se acomodaba a su persona.

De pronto, en el mar de su conciencia el agua comenzó a agitarse.

El nombre que le dieron sus padres al nacer acudió a su mente. Siempre había pensado que no era suyo. Un nombre desconocido. Le gustaban los nombres, y no es que le desagradara el propio. Sin embargo, lo sentía ajeno. Como si no la representara.

Se dio cuenta que, de cada tanto en tanto, se atribuía un apodo distinto. Cabe mencionar que no era un apodo por el que se referían a ella sus amigos o conocidos, si no uno por el que se llamaba a sí misma. Se preguntó si buscaba un nombre de la misma manera que buscaba una identidad propia.

¿Identidad? ¿Quién era ella?

Cada vez que se miraba al espejo, encontraba a una persona distinta. Gorda, flaca. Fea, bonita. Alegre, triste. Su percepción de sí misma, tanto física como psicológicamente, cambiaba constantemente. Observaba sus manos, sus uñas, sus piernas, su estómago, su estómago, su estómago. En un segundo se asqueaba por el mismo, y al siguiente veía sus costillas asomarse y se sentía demasiado flaca. Estaba rellenita, después delgada. 

Eso sí, siempre había tenido claro que su contextura era como la de un palo. Por lo que su poco tonificado abdomen no se notaba con la ropa puesta. 

A veces le acomplejaba, otras le importaba un rábano.

Había pensado en la anorexia y bulimia, como la mayoría de los que se sentían inseguros respecto a su cuerpo. Nunca considerándolas una opción, por supuesto. ¿Ella, dejar de comer? Como si fuese posible. Mucho menos vomitar. No le agradaba para nada. Adoraba el alimento, y odiaba sentir la comida subirle por el esófago. ¿Laxantes? Mucho problema. ¿Ejercicio? Muy floja. ¿Físico? Al demonio. ¿Chocolate? ¡Chocolate! ¡Ven a mí, manjar de los dioses!

Dejó de escribir un minuto, con las tripas sonándole. Eran las tres de la mañana, y un bocadillo no le vendría nada mal.

Pensó entonces en cómo imaginaba su mente. Por alguna razón, siempre la visualizaba como un bosque. Hasta le había puesto nombre. El Bosque de Ilusiones, se llamaba. 

Siempre que cambiaba de apodo, el recuerdo de su antigua auto denominación se convertía en un personaje del Bosque. Tenían apariencia propia, siendo generalmente féminas. A veces tenían alas, otras, eran animales. Siempre pálidas como la luna. Unas eran infantes, alguna adolescentes, la mayoría adultas. Muchas desaparecían con el paso del tiempo, otras se paseaban entre los árboles.

Cada árbol era un recuerdo. Una emoción, una sensación. Generalmente deshojados, torcidos. Bellos, atemorizantes. Grandes, pequeños. Diferentes e iguales. Extraños.
También residían entre los troncos y la hierba otras criaturas, como seres inventados e historias imaginarias jamás llevadas al papel.

La ola sobre la que estaba navegando se deshizo, formándose otra. Y su barco se posó sobre ella.

Se preguntaba qué veía la gente cuando miraba el cielo. Por lo general, las personas no solían detenerse un segundo en su rutina para mirar un rato hacia arriba. O a su al rededor, o a los distintos tipos de humanos que pasan a su lado. Muchos creían que hacerlo — el pararse a pensar sobre cosas que parecían tan triviales como las formas de las nubes, el color del pasto, de dónde llegó el perro de la acera de en frente, las diferencias y parecidos entre las metas y penas humanas, en que nunca al pasar por un lugar será todo diferente — era una pérdida de tiempo. 

A ella le parecía todo lo contrario. Creía que perdían su tiempo al no apreciar las chispas de vida que estaban por todos lados. Buenas o malas, dependiendo de la perspectiva, vivencias y opiniones.

Odiaba estar apurada, corriendo por la vida. El tiempo se le hacía más lento y agradable cuando se detenía.

La visión de cada persona era diferente. Unos podían ver en el cielo la creación de Dios, otros la destrucción del humano. Ella, que era un ser humano perdido constantemente en sus ensoñaciones, se vislumbraba volando entre el algodón blanco. O imaginaba seres fantásticos como los dragones agitar sus alas y montar las corrientes de viendo. O, simplemente, admiraba su realidad. La vastedad del firmamento diurno y nocturno le parecía maravilloso.

Su percepción del infinito celeste se distorsionaba de acuerdo a sus emociones. Y verlo siempre le relajaba. Sin excepción. Aunque a veces, cuando estaba triste y encerrada en su propia cárcel mental, se olvidaba completamente de la calma sabia y anciana de la cúpula estrellada.

El curso de sus reflexiones volvió a cambiar.

Había vivido tan poco, y era tan enorme el camino que quedaba por delante. ¿Cuántas subidas, cuántos abismos? ¿Cuánto suelo firme, cuántas cuerdas flojas? ¿Cuándo la cumbre, cuándo la caída definitiva?

¡No lo sabía! ¿No era eso emocionante? Y a la vez, lo desconocido e inseguro del futuro provocaba en su alma un miedo profundo. ¿No es por eso que el humano busca la certidumbre, como una vez dijo Maturana en aquella entrevista que vio en clase de filosofía?
Faltaba tanto. Le esperaban tantas decisiones, tantos temores y problemas por enfrentar. El mundo adulto y sus posibilidades se abría ante sus ojos, lleno de niebla, de selva. Era hora de aventurarse, de coger una linterna e internarse en lo desconocido.

¡Faltaba tanto por experimentar!

Después de todo, ella era aún joven.

En el fondo, una niña asustada.

Huidiza, extraña, insegura, inexpresiva.

Torbellino suicida, depresiva, desrealizada, exagerada, hipocondríaca,
soñadora, emocional, indecisa, fea, bonita, educada, mal educada, de boca sucia, perdida en su mundo, soñadora, creativa, terca, torpe, cohibida, social, asocial, real, irreal, escritora, poeta, lectora, apartada, perezosa, conocida, desconocida, relajada, defectuosa, con talento, sin talento, irresponsable.

Querida, odiada. Con metas, con penas. Con complejos.

Humana.

Y adolescente.

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N. de la A.

 "Hace mucho no publicaba. He tenido el cerebro seco como una pasa últimamente, al menos para este blog. Hoy me puse a escribir este pequeño pedazo de mí misma, y a pesar de este blog ser mayoritariamente de género fantástico e historias ajenas, pensé que un poco de realidad no vendría mal. Así que, por qué no subirlo.
¡Y helo aquí!
Gracias a las pocas personas que se toman el tiempo de leerme.
Buenas noches."
Sinceramente, tenía esto escrito hace varios meses atrás. Cuando lo terminé de redactar, no me convenció, y jamás volví a leerlo.
Pero hoy... No sé, se siente de alguna forma diferente. Ahora me gusta, y bastante. Me han dado ganas de subirlo al blog, y tras tanto tiempo de sequía, ¿por qué no? 
Además, la inspiración ha vuelto. ¡He superado el bloqueo del escritos satisfactoriamente! Incluso estoy escribiendo, con muchísimas ideas revoloteando en mi mente, un nuevo relato que creo será bastante genial. Y largo.
Mientras lo termine quizás suba cosas cortas que tengo por ahí guardadas, para reactivar un poquito este espacio.
¡Mi mente está llena de nuevas historias, y ganas de escribir!

Se despide desde el Bosque:

~ Yukino

PD: ¿Se han dado cuenta de que casi siempre subo cosas en la madrugada?

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