El bosque descansaba en la muda quietud del invierno. Desde hacía semanas, la niebla cubría los árboles como el velo de una novia fantasma. Se colaba entre las ramas, y, sin permiso, entraba en las casitas de las granjas circundantes. El viento no se atrevía a echarla todavía, temiendo despertar la hibernación de las criaturas, reales o imaginarias, que allí dormitaban. Sobre las pocas hojas que quedaban, descansaban pequeños copos de nieve, tan inmóviles como el resto de la arboleda.
A la niebla natural se sumaba la suya propia; albino vapor cuyo origen era su boca. Sus piernas parecían estar enfrascadas en una vertiginosa carrera la una contra la otra. El corazón le latía en la garganta, ahogándola, mientras huía de un peligro que hace tiempo pronosticaba.
De pronto, la previa tranquilidad del invierno y el silencio de los árboles se convirtieron en el movimiento desesperado de su cuerpo y en el ruido de su cansada respiración. Sus pies, descalzos, se hundían en la nieve hasta los tobillos. Con las manos sostenía el vestido, tan blanco como el paisaje, para evitar tropezarse. Los dedos, víctimas del frío, se oscurecían hasta alcanzar el mismo púrpura de las lánguidas hojas de los arbustos que se rehusaban a morir.
Pronto la alcanzarían, no existía país alguno, ni continente extraño en la que la criada le ganase al incansable trote de los caballos, ni a la insistencia de los soldados. El ruido de los cascos se acercaba, junto a sus rabiosos relinchos y a los gritos exacerbados de los jinetes.
Ella le dijo, el día en el que él pidió su mano, que la señora la mandaría a matar cuando se enterase del amor prohibido entre los dos. Y así fue. Un hijo de noble jamás debería casarse con una criada, mucho menos con aquella que cargaba con la fama de ser bruja.
Cuando la sangre de la muchacha, roja como sus labios al besar los del hombre al que había amado, pintó de carmín la nieve bajo su cuerpo, gritó una maldición en otro idioma. El bosque y las granjas, pertenecientes a la asesina familia de su ilícito esposo, quedarían atrapadas en ese día para siempre. Una muerte de nunca acabar, atemporal como la rabia de la bruja enamorada.
El bosque maldito descansaba en la muda quietud de un invierno eterno. Desde siempre, la niebla cubría los árboles como el velo de la novia asesinada. Se colaba entre las ramas, y, sin permiso, entraba en las abandonadas casitas de las granjas circundantes. El viento nunca sopló.
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Imagen por KR-2Y-51-3K

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